El vacío de todas las cosas
Leer en Nueva Tribuna (2-3-2018)

No obstante, la literatura, como la vida, es muy injusta y muy cruel con demasiada gente, pensaba yo, y ese, tal vez, fuera a ser el caso de Vilas y, por añadidura, el mío. Escritor y lector incomprendidos, expulsados del paraíso nacional del éxito y de la admiración compartida, unidos, sin embargo, en el fracaso de las altas aspiraciones literarias y críticas… Pero, como bien sabe Vilas, España tiene estas cosas y, pese a que a veces pueda hundirte y echarte todo el peso triste de su historia encima, otras, es también muy capaz de armarse de lucidez e iluminar allí donde a otros les cuesta posar la mirada.
En los últimos años, la carrera literaria de Manuel Vilas se ha acelerado y su nombre ha ido adquiriendo el reconocimiento que se merecía. Su última obra, Ordesa (Alfaguara, 2018), es una confirmación. Cuatro ediciones en muy pocas semanas y un gran ejército de lectores fascinados por esta historia ingrávida y salvaje, violenta y tierna, amable y desasosegante, cautivadora. Con sus recuerdos e impresiones Vilas nos lleva al centro de su pulsión poética y literaria: el asombro permanente ante la vida. La conciencia de la pérdida, a pesar del vértigo que nos provoca, se convierte en Ordesa en un elogio a los grandes momentos de la vida. No dejen de leerla, pero tengan cuidado con Vilas, golpea sin guantes.
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