Lectura nacional


Cantaba Brassens, luego fue Paco Ibáñez, y Loquillo más recientemente, aquello de “cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me supo levantar”. Ya ha llovido desde entonces, pero las imágenes del desfile militar del pasado doce de octubre enseguida activaron esa parte misteriosa de mi cerebro donde se almacenan melodías y letras de canciones que uno lleva siglos sin escuchar y que, por alguna extraña razón, se conservan intactas para momentos como este, cuando aparecen como de la nada, frescas, de la nevera, para que uno las tararee por sorpresa con gran desenvoltura.
Aviones, helicópteros, soldados… la maquinaria de la guerra como símbolo de un país… parece un anacronismo, me gustaría que lo fuera, ¿lo es? La monarquía y el ejército como máxima representación de los ciudadanos españoles de este ya adolescente siglo veintiuno.
La tarde anterior a esta castrense fiesta nacional, asistí al fantástico taller de lectura que Javier Pintor imparte en el Museo de Arte Contemporáneo de A Coruña. Quince personas reunidas alrededor de una mesa para compartir sus impresiones sobre un libro. La ficción como un modo de explicarnos esa realidad, tantas veces inexplicable, que durante casi dos horas dejamos en suspenso, afuera. La novela a debate era Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, un libro que habla de otros libros y de su valor incontestable en la formación del espíritu crítico de los ciudadanos, la lucha contra el pensamiento único y la grisura uniforme de la ignorancia y el adoctrinamiento. Los libros como instrumentos esenciales para la libertad del individuo, de tal modo que el estado totalitario que Bradbury imagina (o no tanto… muy similar a esos “ismos” que convirtieron la Europa del siglo XX en un infierno) en su novela ha creado un departamento de bomberos encargado no de apagar incendios sino de provocarlos, y cuyo combustible es el papel de los libros, objetos prohibidos, peligrosos elementos de insurgencia. Hablamos con Javier Pintor acerca de la importancia de los libros, de la cultura en una sociedad verdaderamente libre, y nos preguntamos si, hoy en día, alguien (cualquier dictadorzuelo emergente) se preocuparía tanto por ellos, por perseguirlos o censurarlos. Tal vez, nosotros mismos le hemos facilitado ya el trabajo, relegándolos a una posición absolutamente marginal. Al fin y al cabo, sigue siendo el ejército, no los libros, el triste símbolo de esta nación nuestra.


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