"El nadador" y otras debilidades
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Fotograma de El nadador (1968) |
Como suele ocurrirme con las cosas que de verdad me gustan, esas
que alumbran y conmueven y muchas veces consiguen que la vida no parezca un
lugar tan ajeno, tan de paso o tan incierto; esas que el tiempo nunca llena de
polvo y son un refugio a prueba de modas, éxitos, fracasos y otras aflicciones,
vuelvo sobre mis tan queridos relatos de John Cheever que, en estos días de
agosto, llenan el aire de un agradable aroma a humo de leña otoñal y pueblan mi
imaginación de trenes y hombres con traje y sombrero, de habitantes de “aquella
generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con
sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban
obsoletos pasos de baile, como el Cleveland
chicken, que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia
del amor y la felicidad y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los
suyos, quienquiera que sea usted”.
Igual que un niño puede ver una y otra vez su película favorita,
el mismo capítulo de esa serie de dibujos animados cuyos diálogos repite de
memoria, o escuchar y cantar, en una sesión continua infernal, aquella canción
cuya melodía consigue poner los pelos de punta al padre más avezado, yo regreso
del mismo modo a mis libros, películas y discos más queridos. Lo cierto es que
los relatos (Relatos 1 y Relatos 2, Emecé) de John Cheever poseen
esa cualidad imperturbable al paso del tiempo y a la reincidencia que te
permite disfrutar de ellos en sucesivas lecturas con la misma intensidad que la
primera vez. Característica que comparten, por ejemplo, con las películas de
Woody Allen, las suites de Bach, la poesía de Ángel González, las acrobacias
pianísticas de Glenn Gould o Thelonius Monk o las canciones de George e Ira
Gershwin en la voz de Ella Fitzgerald… por citar algunas de mis debilidades más
saludables. En esta ocasión, he vuelto a los relatos de Cheever a través de El nadador, que cuenta cómo Neddy
Merrill, un domingo de mediados de verano, se propone llegar hasta su casa,
situada al otro lado del valle (la historia empieza con Merrill en el jardín de
unos vecinos), atravesando a nado todas las piscinas que encuentre en su
camino. Hace unos días volví a ver la película de Frank Perry basada en este
relato (rodada en 1968 y con breve cameo de John Cheever incluido), donde un
fantástico Burt Lancaster, en la piel de Neddy, consigue transmitir, con la
dosis precisa de aspereza, el trasfondo moral de aquella clase media
norteamericana de los años cincuenta que Cheever inmortalizó en su literatura.
De una cosa regresé a la otra y aquí sigo, felizmente atrapado en la prosa
otoñal de Cheever, en pleno verano.
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