La deriva de Europa
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Somos
los ciudadanos europeos, todos, no solo los economistas o los grandes
inversores, las, así llamadas, grandes fortunas o las multinacionales, los
malabaristas financieros o el FMI… quienes debemos decidir en qué Europa
queremos vivir, qué tipo de sociedad queremos construir, si es que, de verdad, es
de eso de lo que se trata, de unir y no de separar, de buscar nuevas formas de
convivencia que beneficien e incluyan a todos, a Christine Lagarde, con sus
324.000 euros netos anuales, y al último pensionista griego; también a cada uno
de esos españoles que acuden a diario a los comedores sociales, que duermen en
la calle, que no pueden pagar las viviendas que los bancos y los sucesivos
gobiernos del PP y del PSOE les animaron a comprar con hipotecas envenenadas y
entusiastas desgravaciones que convertían a quienes optábamos por el alquiler,
no ya en unos marginados, fuera de toda gratificación estatal, sino en unos
tontos de remate.
Siempre
que se habla de Europa, parece que la única unión que se pretende fomentar es
la económica. El dinero por encima de las personas, la competitividad en lugar
de la cooperación, el inevitable enriquecimiento de unos cuantos a costa de la
miseria de tantos otros. Solo aquello que es susceptible de generar rendimiento
económico tiene algún valor. El dinero ha dejado de ser una herramienta capaz
de facilitar cierto tipo de actividades humanas para convertirse en la única y
verdadera actividad universal; y nosotros somos ahora sus herramientas. Lo
cierto es que parece que hayamos reducido el sentido último de la vida a una
macabra partida de Monopoly.
La
idea de la Unión Europea se ha ido perfilando, no diría que a espaldas de la
ciudadanía, pero sí a una prudencial distancia, y en esto todos tenemos cierta
responsabilidad. La situación de Grecia nos hace levantar ahora la vista de
nuestros conflictos domésticos para llevarnos las manos a la cabeza al descubrir
la deriva usurera de aquel proyecto común; Europa como una gran plantación
económica, con sus dueños, sus leales capataces y una masa ingente (¿y
afortunada?) de esclavos asalariados. Afuera, al otro lado de la valla, la
guerra, la desesperación y el hambre convierten nuestra esclavitud en el mayor
de los privilegios.
“La
única civilización posible y digna de tal nombre es la que une a los hombres
contra la barbarie”. Pedro Olalla, Historia
menor de Grecia.
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