PALABRA POR PALABRA. Stoner
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John Williams (1922-1994) |
Ocurrió de este
modo: me había dejado el último capítulo de Todo
lo que hay, la última novela de James Salter, para leer, solitario, a la
mañana siguiente; una forma como otra cualquiera de intentar alargar el placer,
demorar lo inevitable. Por suerte, todavía me queda un libro de Salter por
leer, La última noche, y sé que los
relatos que contiene volverán a fascinarme con esa prosa deslumbrante, fresca,
sabrosa. Es un consuelo pensar que entre sus páginas hallaré, seguro, fugaces
vislumbres de las vidas, las historias y las palabras entretejidas en sus
novelas, el regusto impagable de su portentosa Años luz. No obstante, como decía, me resistía a terminar Todo lo que hay y, aquella mañana, más
bien temprano, cuando volví sobre ella, me encontré con que, en realidad, sólo
siete páginas me separaban del indeseado final. Mi ocurrencia de la noche
anterior se había convertido, de pronto, en una broma algo cruel. Las leí
despacio y terminé enseguida. Un abismo se abría entre mis manos. Con toda
seguridad, cualquier libro que empezase entonces habría de decepcionarme.
Repasé mentalmente la lista de títulos pendientes, una lista inabarcable, y no
conseguía decidirme por ninguno. Entonces tropecé con Stoner (Ed. Baile del Sol), una novela publicada en 1965 que pasó
desapercibida para el mundo en su momento y que volvió a reeditarse hace poco,
convirtiéndose ahora en un fenómeno literario internacional. Su autor, John
Williams, fallecido en 1994, era un completo desconocido para mí y, a pesar de
las buenas críticas, el entusiasmo general y el hecho de estar en posesión de un
ejemplar de la novela, lo cierto es que no había pensado en leerla por el
momento. La cogí y empecé a hojearla sin entusiasmo, dispuesto a abandonarla en
cuanto el vacío de Salter se hiciese demasiado evidente. Sin embargo, cuando me
levanté del sillón, apremiado por la hora de la comida, dejaba a mis espaldas
casi doscientas páginas. Ya con el estómago lleno, regresé de inmediato al
mundo del profesor Stoner, a su Universidad de Misuri, a su Departamento de Inglés,
a su matrimonio, a su sencilla y profunda, ordinaria y turbadora vida a lo
largo de la primera mitad del siglo XX. Esta vez, no pude evitar el final,
retrasarlo, ni siquiera me di cuenta de que se acercaba hasta que, apenas una
hora más tarde, el libro caía sobre el propio Stoner y mi regazo; sus páginas
agotadas.
¡Magnífico artículo! No se oye la lluvia, porque no cae; pero hasta aquí llega el olor a lignina de las páginas que te atrapaban, la emoción indescriptible de comenzar otro libro. Sus frases, enlazadas como si de un microrrelato se tratara, invitan no sólo a abstraerse de esta realidad con Salter y Williams, sino a leer y releer, y no terminar, a Fernando Ontañón. Un abrazo.
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