PALABRA POR PALABRA. Elefantes de librería
Publicado en el diario "La Opinión A Coruña" (suplemento Saberes) el día 2-3-2013
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Félix Romeo (1968-2011) |
Una vez escuché decir a Félix Romeo, en un programa
de radio o televisión, aunque quizá lo leyese en algún periódico (hablo de
memoria), que él no se consideraba un ratón de biblioteca, como había querido
describirlo su entrevistador, dada su desatada y bien conocida afición por los
libros; que más bien, o en todo caso, él sería algo así como una especie de
elefante de librería. La ocurrencia tenía su gracia si uno conocía al autor de Amarillo, si lo había visto alguna vez en
fotografías o en la televisión cuando dirigía La Mandrágora, aquel estupendo
programa cultural de La 2, y sabía que, efectivamente, su aspecto físico poco
se asemejaba al de un metafórico roedor con antiparras. No obstante, Romeo
expresaba, más allá de su sentido del humor (reírse de uno mismo, algo tan
infrecuente por aquí), una devoción por los libros que, a mi entender,
trasciende el placer mismo de la lectura. El gusto que produce no sólo leer y estar
entre libros, sino comprarlos. Llevárnoslos a casa y saber que podremos empezar
a leerlos cuando mejor nos parezca, volver sobre ellos las veces que queramos,
subrayarlos sin miramientos, hojearlos en el momento menos pensado o,
simplemente, sopesar su flexible volumen entre las manos y olisquear la
fragancia de sus páginas cualquier tarde aburrida o melancólica. El libro como
un objeto que ejerce una atracción sobre nosotros y que uno quiere poseer y
coleccionar. Una pasión quizá inútil, “Cuántas palabras para un mismo desconcierto”
(Federico Luppi en Lugares comunes), pero
que nos ayuda a mirar y a entender el mundo, la vida, desde una perspectiva más
amplia que la que nos proporciona nuestra propia experiencia. Recuerdo que
cuando escuché a Félix Romeo, enseguida me identifiqué con su elefante de
librería, y a menudo me vuelven sus palabras a la cabeza cuando estoy en una
librería y siento esa frustración infantil por tantos libros que quisiera
comprar y no puedo.
De todas formas, supongo que si continuamos por
este camino de austeridad social y cultural, los libros no tardarán en
convertirse en meros productos de consumo, despojados de cualquier vislumbre
literario por algún experto en marketing que sabrá exprimirles la máxima
rentabilidad, eso si todavía quedan personas con recursos suficientes para otra
cosa que no sea la pura supervivencia. En cualquier caso, los elefantes de
librería se habrán extinguido.
Interesante reflexión y lástima que este estupendo escritor desapareciera tan joven y con tanto por hacer en el mundo de la cultura.
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