Uno nace
donde nace por los motivos más mundanos o extraordinarios, pero,
invariablemente, por una voluntad tan ajena a nosotros como el hecho mismo de
nuestra existencia. La infancia amanece luego sobre el paisaje de este pueblo o
aquella ciudad, sobre los sonidos de una u otra lengua (a veces sobre la
riqueza de más de una), y, más adelante, la vida, ahora sí, al albur de
nuestras propias decisiones o incertidumbres, acaba con nuestros huesos,
alquileres e hipotecas en este particular rincón del mundo que habitamos, quizá
el mismo de nuestros primeros pasos, quizá algún lugar en las antípodas; tal
vez serenamente establecidos, tal vez sólo de paso, a expensas del trabajo, del
amor… o de su ausencia. Siempre he creído en esa máxima que dice que la patria es
un invento. No obstante, están los recuerdos, la familia, los amigos, todo lo
que una vez conocimos, toda aquella nostalgia de nuestro primer contacto con la
vida, porque, como dijo el poeta ¿Rilke? “La verdadera patria del hombre es la
infancia”. Mi patria, entonces, son aquellos largos veranos de mi niñez a
caballo entre A Coruña y Santander. Del Atlántico al Cantábrico, del Orzán al
Sardinero; los recuerdos de la ciudad donde vivieron mis padres hasta su edad
adulta, donde vivían mis abuelos, tíos y primos; los nombres que entonces me
resultaban a la vez exóticos y familiares: Puertochico, la Magdalena, Maliaño,
Somo, Peña Cabarga; todos aquellos viajes por la provincia, “la Tierruca”, como
siempre la han llamado mis padres, con esa añoranza también de pasado y de
infancia que la distancia espolea. Desde San Vicente de la Barquera hasta
Castro, desde Santillana del Mar hasta Potes y Reinosa… Un paisaje de verano y
días ociosos, colmado de encuentros familiares y placeres infantiles. Una
ciudad que los años fueron dejando atrás y que ahora he recuperado en el libro
de Jesús Ruiz Mantilla, Ahogada en Llamas,
que el autor presentó el pasado día 2 de junio en la Casa de Cantabria en A
Coruña. Una novela donde Santander emerge del fuego (desde la explosión en la
bahía del vapor Cabo Machichaco, en 1893, hasta el devastador incendio de 1941)
para sumergirnos en su historia, que es un poco la mía; como podría hacer mía
también la dedicatoria final de Ruiz Mantilla: “A la ciudad que también fue mi
cuna y mi palabra. A mis padres, que me pasearon de la mano por todas sus
esquinas…”.
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