Intoxicación política
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Foto: MIGUEL MUÑIZ |
Enciendes la radio por la mañana y el café recién
hecho empieza a oler intensamente a política. Te sirves una taza y lo remueves
una y otra vez con la cucharilla, pero la política no es como el azúcar, no hay
quien la disuelva, y además engorda que no veas. Maldices, a voz en cuello o
para tus adentros, según el carácter de cada cual, y te concentras en las
tostadas. No obstante, al hincarles el diente, descubres que en lugar de
mantequilla y mermelada, has acabado untando el pan con la pringosa política y,
claro, lo has puesto todo perdido.
Avanza el día y la contaminación política empeora.
La ley es estricta a la hora de prohibir el nocivo humo del tabaco en espacios
cerrados, sin embargo, como receptor pasivo de toda clase de información
política, te sientes indefenso. Y, sin ser una persona especialmente
hipocondriaca, empiezas a advertir ciertos síntomas, en ocasiones,
aparentemente contradictorios, como alteración nerviosa (mala hostia, entiéndanme),
abulia, frustración, euforia, depresión, afonía… que deterioran tu salud a ojos
vista. ¡Pero cualquiera se pide una baja en estos tiempos!, para empezar,
habría que tener un trabajo.
Lo que, si cabe, resulta más preocupante es
observar que estos achaques afectan también a quienes tienes alrededor, y un
día cualquiera, te sorprendes discutiendo con tu padre acerca de unos
titiriteros, de la cabalgata de reyes o del niño de Carolina Bescansa
(¡política en estado puro!).
La política se ha convertido en una suerte de reality. Antes de las elecciones ya se
nos aparecían los candidatos a cualquier hora, haciendo cualquier
insignificancia, soltándose la melena en la cocina de su casa, bailando,
jugando al futbolín… Ahora los vemos yendo y viniendo de sus reuniones, dándose
y no dándose la mano… están por todas partes.
Para colmo, quienes no acaparan titulares (una
minoría), tratan de llamar la atención a su manera, como es el caso del
ayuntamiento de Pontevedra. No sé qué otras urgencias tendrán los pontevedreses,
pero declarar (con votos a favor de BNG, PSOE y Marea) a Mariano Rajoy “persona
non grata” no solo resulta ocioso (¡cuántos días se habrán pasando “trabajando”
en ello!), sino que es un estrambótico ejemplo de fatuidad política, vamos, una
soberana estupidez que, como votante de izquierdas, me avergüenza, me indigna…
y hasta me da la risa. Efectos de toda esta intoxicación política.
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