PALABRA POR PALABRA. Periodistas
Publicado en el diario La Opinión A Coruña (suplemento Saberes) el día 17-1-2015
No
cabe duda de que el periodismo es una profesión de alto riesgo. Hace años, al
menos poseía el encanto novelesco y cinematográfico de las redacciones llenas
de humo y el trasiego de botellas de whisky después del cierre, la dignidad de
esos husmeadores de noticias de la vieja escuela, el periodismo de
investigación a lo Bob Woodward y Carl Bernstein (Robert Redford y Dustin
Hoffman en Todos los hombres del
presidente) en el hervidero de un Washington
Post sumido en un repiquetear urgente de decenas de máquinas de escribir.
También el prestigio de la escritura, el conocimiento y la utilización sabia
del lenguaje para provocar calculadamente una emoción o transmitir con fría
objetividad la crónica de los hechos; un estilo narrativo propio que ejercido
con maestría acabaría convirtiéndose en todo un género literario. Y por
supuesto, el romanticismo impagable del reportero de guerra, su labor épica de
testigo imparcial, su responsabilidad de dar voz a quien no la tiene, de poner
nombre a las víctimas, a los desaparecidos, a los muertos, a los olvidados…
también al tirano, al torturador, al verdugo.
Hasta
hace bien poco, muchos periodistas de este país vivían diariamente bajo la
amenaza de muerte del terrorismo patrio, ése que alguno no tenía pudor en
llamar “Movimiento Vasco de Liberación” (Aznar dixit) y la mayoría, por supuesto sin pretender justificarlo, lo
denominaba, eufemísticamente, “conflicto vasco” (Con José María Portell y José
Luis López de Lacalle se pasó de las amenazas al asesinato). En México,
Colombia, Irak, Rusia, Filipinas… ser
periodista es un delirio autodestructivo. La veda está abierta y, en la última
década, la ONU cifra en más de 700 los periodistas asesinados en todo el mundo.
En fechas recientes hemos asistido por internet a decapitaciones rituales
propias de la Edad Media y ahora todavía estamos asimilando la masacre de
Charlie Hebdo. Mientras tanto, en España, la precariedad laboral en esta
profesión va en aumento; se recortan sueldos y plantillas, se cierran medios, y
en la escasa pluralidad resultante, la manipulación informativa y la falta de
imparcialidad de ciertos grupos de comunicación (también públicos) es
alarmante. El periodismo está en el punto de mira, y lo menos que podríamos
hacer ante ello es evitar su decadencia, dignificar una profesión
imprescindible para garantizar la libertad y la democracia.
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Stéphane Charbonnier, 'Charb', uno de los periodistas asesinados en el atentado contra 'Charlie Hebdo'. (Foto: Francois Guillot. Fuente: elPeriódico) |
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