Al
principio, recuerden, nos decían que habíamos vivido “por encima de nuestras
posibilidades”. La gente se había comprado coches y casas, gastaba a menudo en
bares y restaurantes, en libros y en cultura, en tiendas de ropa y en los
gigantescos centros comerciales que florecían (algunos prácticamente compartían
muros medianeros) en nuestros polígonos industriales (lugares donde
antiguamente solía haber trabajo). Muchos trabajadores planificaban con
antelación sus vacaciones pagadas en alguna playa defenestrada por la mafia
(entonces, todavía admirables empresarios, orgullo y motor económico de nuestro
país) del ladrillo, se gastaban hasta el último céntimo de sus pagas extra en
suvenires y otros artículos de coña, y confiaban en poder acercarse a la farmacia
más cercana en chanclas y sin cartera si su médico les recetaba una pastilla
para la resaca o algún ungüento para las quemaduras solares (también la píldora
del día después, sin temor a que nadie les revisara la moralidad). A la vuelta,
ya en septiembre, había incluso quien se deprimía pensando en volver a
encerrarse en la oficina hasta navidad. Luego, los niños empezaban un nuevo
curso escolar a salvo (no todos, claro) del oscurantismo y la mojigatería de
las sotanas y sin que un agente de aduanas les escanease el “tupper” a la
entrada del comedor, ¿se acuerdan? Los profesores cobraban un sueldo digno (al
menos no insultante) por educar a nuestros hijos y sólo la agitación puritana
de unos cuantos “insurrectos” de Educación para la Ciudadanía causaba cierto
alboroto en las escuelas (¡quién hubiese podido objetar de Matemáticas o de
Latín… Los hay que hubiesen vendido su alma al diablo por librarse incluso de
Gimnasia! ¡Tiempos aquéllos!). Ahora, descubrimos que son nuestros gobernantes
con sobresueldos los que verdaderamente vivían por encima, no sólo de sus
posibilidades, sino también de sus capacidades, de su honradez, de su
inteligencia e, incluso, de la ley. Y es que, al final, lo que parece es que
hayamos vivido un sueño democrático del que ahora despertamos. ¿Quién no se ha
frotado los ojos, aturdido, al ver como en la televisión pública vuelven a
manipular la información de los atentados del 11-M con calidad y maneras del
nodo, o al escuchar, en la misma cadena, que quien fuera dictador y asesino recupera
su rancio tratamiento de caudillo (“por la gracia de dios”)? Ríanse ustedes.
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