PALABRA POR PALABRA. El placer de leer

Publicado en el diario "La Opinión A Coruña" el día 12-5-2012

Fernando Savater
En las últimas semanas, y a propósito de la publicación de su nueva novela, Los invitados de la princesa, Premio Primavera 2012, Fernando Savater se ha prodigado en entrevistas donde, como es habitual en él, no se ha mordido la lengua para regalarnos oportunas y refrescantes reflexiones acerca de la creación literaria y su pasión por la lectura. Asegura que “leer por placer está mal visto (El País 31-03-12)”, y que mucha gente parece buscar en los libros únicamente conocimientos, “La gente se compra novelas como para terminar el bachillerato”. Así que, respecto a su novela, nos advierte de que preferiría que sus lectores “se informaran en otra parte y a la novela fueran para disfrutar literariamente”.
Rafael Chirbes
Rafael Chirbes, en su libro El novelista perplejo (Anagrama 2002), hablaba de la lectura como un acto cultural privado y, por lo tanto, extraño en una época en que la cultura se ha convertido en espectáculo de masas. Se escribe y se lee en soledad a pesar de que el novelista pueda aparecer como “un personaje más de la representación pública de los grandes grupos y la novela como espectáculo que se comenta en los periódicos y en los programas de televisión”.

En estos tiempos en los que hasta una mala digestión puede acabar traspasando la íntima frontera del cuarto de baño (vía twitter), prácticamente en tiempo real, no me extrañaría que el hecho de que alguien desee disfrutar (por placer, no por exigencias laborales o culturales) de cualquier tipo de actividad que requiera o estimule soledad, asilamiento, sosiego, termine diagnosticándose como una suerte de comportamiento patológico. Por la calle, la gente camina pegada a sus teléfonos proclamando, a voz en grito o a táctiles carcajadas, su popularidad, ahuyentando de su cabeza, y de la de los demás transeúntes, la idea de hallarse, de pronto, sola, ¡horror! El loco ya no es ese personaje extravagante que gesticula y habla solo en mitad de la calle (puesto que se ha convertido en norma), sino ese otro que camina solitario y sin prisas, quizá por el mero placer de pasear por la ciudad, con las manos echadas a la espalda en actitud meditabunda y sin sentir la urgente necesidad de compartir con el resto del mundo cada uno de sus pensamientos. El placer de la lectura tiene mucho que ver con esto. Es la locura de sentirse uno tan a gusto estando a solas, en mitad de un océano de palabras.  

PALABRA POR PALABRA. "¡Acabad ya con esta crisis!"



Durante los últimos diez o quince años, nuestros gobernantes han venido alentando políticas para estimular la natalidad y la compra de viviendas. Sin estirpe autóctona, nos aseguraban, pronto necesitaríamos acoger a millones de inmigrantes para mantener nuestro nivel productivo y el incierto futuro de nuestras pensiones. España precisaba un baby boom y las campañas publicitarias empezaron a echar humo. El dinero en forma de incentivo reproductivo empezó a fluir con un derroche de imbecilidad política fuera de lo común. Durante las campañas electorales, PSOE y PP se peleaban por ver quién regalaba más dinero a la ciudadanía a cambio de su voto. En 2007, la revista El Jueves publicó en portada una viñeta que hacía referencia a la ayuda económica a la maternidad, ¿recuerdan? Bajo el titular de “2.500 euros por niño” aparecía una caricatura de los Príncipes de Asturias en pleno acto sexual. “¿Te das cuenta si te quedas preñada? —le preguntaba el príncipe a la princesa— Esto va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida”.  La revista fue retirada de la circulación, no así las obstinadas campañas prenatales e hipotecarias. La idea que se quería transmitir era clara: ¡Compra una vivienda y reprodúcete! Ésta ha sido la verdadera base ideológica de los sucesivos gobiernos de nuestro país en materia económica hasta la crisis de nuestros días. Quienes vivimos de alquiler, todavía hoy somos considerados como unos marcianos poco hábiles en asuntos económicos. Y tal vez sea cierto, ya que las desgravaciones fiscales siempre se han limitado a la compra. ¡Comprad, comprad, malditos! Hoy, sin embargo, nos encontramos con familias hipotecadas y sin trabajo, sin dinero para hacer frente a esa compra en sesión continua de su vivienda ni para alimentar y educar a todos esos hijos subvencionados por un Estado que ahora les da la espalda (Sin mencionar el trato vejatorio a los inmigrantes que tanto íbamos a necesitar). ¡Sálvese quien pueda!
Ante esta flagrante ineptitud e irresponsabilidad de nuestros gobernantes, ¿todavía podemos confiar en ellos para salir de la crisis? Economistas como el nobel Paul Krugman, llevan tiempo alertando de que ésta no es la manera. ¡Acabad ya con esta crisis! (Crítica) es su último libro, acaba de salir y supongo que debería ser lectura obligada para nuestros políticos. En realidad, para todos nosotros.

PALABRA POR PALABRA. La desmesura norteamericana

Publicado en el diario "La Opinión A Coruña" el día 28-4-2012

Jonathan Franzen

La editorial Salamandra acaba de reeditar Las correcciones, de Jonathan Franzen, un magistral retrato de la sociedad estadounidense de finales del siglo XX. Franzen practica la escritura total, desmesurada, quizá la única forma de abarcar la esencia de un país siempre excesivo, para lo bueno y para lo malo. Con un dominio narrativo fuera de lo común (creo que estamos ante un escritor único, una suerte de Don DeLillo desatado, eufórico) deja al desnudo, con crudeza e ironía, la conciencia de una sociedad obsesionada con el consumo y los mercados financieros, lastrada por una fuerte inestabilidad emocional que acaba aislando  al individuo en el centro mismo del enjambre comunitario.
En esta Europa tan proclive al acervo nacionalista, a la identidad patria, al pintoresquismo y al folclore de lo autóctono, no deja de resultar curiosa nuestra ya lejana y confusa adoración, traducida en cierto patetismo imitativo, en un amor-odio que proviene de algún turbio rincón de nuestra conciencia social, de ese “estilo de vida americano”. Esa forma de estar en el mundo que muchos políticos han transformado, con su habitual falta de imaginación, en una expresión más genérica y que en los últimos tiempos nos repiten con ese empeño de preservación frente el enemigo (es decir, el pensamiento diferente al suyo, el “otro mundo es posible”… etc.): “nuestro modo de vida”.
Y así, en nuestro descafeinado y muy kitsch nuevo way of life globalizado al más puro estilo del capitalismo salvaje, porque resulta que, al final, todo ese afán por emular las virtudes ajenas acaba siempre reducido a una avidez económica, nos hemos embarcado en el lucrativo juego de la especulación sin reglas, y hemos practicado la privatización galopante y, en aras de ésta, la progresiva reducción de impuestos y el consiguiente debilitamiento del Estado. Ahora, en España, lo último que queremos importar es el modelo de negocio de Las Vegas… algunos políticos estarían dispuestos a transgredir más leyes de las habituales para conseguirlo. Y en el horizonte próximo se atisban ya las líneas maestras del desmantelamiento de la Educación y la Sanidad públicas, o lo que es lo mismo, nuestra definitiva e irrevocable conversión en clientes (peones) del mundo de las apuestas financieras. Por este motivo, leer Las correcciones puede resultar tan apasionante como desconsolador. Imprescindible.

PALABRA POR PALABRA. La muerte en Praga

Publicado en el diario "La Opinión A Coruña " el día 21-4-2012


Laurent Binet
HHhH, de Laurent Binet, no es una novela histórica, ni siquiera creo que se trate de una novela, a pesar de haber recibido el premio Goncourt 2011 a la mejor primera novela. Tampoco es un libro de historia al uso, a pesar de recoger tantos y tan sabrosos datos, tantas fechas, tantas pequeñas historias reales arremolinadas en el caos de la Europa brutal de la II Guerra Mundial. Binet nos lo advierte desde el principio, en su libro no hay personajes de ficción, no hay personajes, sino personas que existieron de verdad, con sus nombres de verdad y el foco de su exhaustiva documentación alumbrando fugaces instantes de sus vidas, dejando en penumbra otros; todo lo más, aventurando, en un ejercicio literario que el autor enseguida se censura, algunas posibilidades, puntos de fuga que la historia propicia y el lector agradece. HHhH es un libro sobre la Operación Antropoide, sobre, Jozef Gabcik y Jan Kubis, los dos paracaidistas checoslovacos enviados desde Londres para matar a Reinhard Heydrich, “el carnicero de Praga”, gobernador del Protectorado de Bohemia y Moravia, sicópata asesino y, a la sombra de Heinrich Himmler, verdadero impulsor intelectual de la Solución Final, «el hombre más peligroso del Tercer Reich». Laurent Binet es el narrador y otro personaje real más de esta historia, que es su historia, el libro que lleva años persiguiendo, del que ha recopilado copiosa información en sucesivos viajes a Praga, el libro que tantas noches le quita el sueño y, otras, es la sustancia misma de sus sueños más desasosegantes. La Checoslovaquia entregada a Hitler por los aliados, «Teníais que escoger entre la guerra y el deshonor. Habéis escogido el deshonor. Tendréis la guerra», afirmó Winston Churchill. La Praga ocupada. La locura nazi: los asesinatos en masa, Terezín, Lidice, el pueblo escogido por los alemanes para vengar el asesinato de Heydrich (arrasado en una noche; todos sus habitantes, cerca de 400, sacados de sus casas y fusilados). El turbulento ascenso de Heydrich en el aparato nazi. La valentía de las familias de Praga que ayudaron y ocultaron a los paracaidistas. La resistencia, la muerte. Pero lo mejor del libro, su grandeza, es que Laurent Binet está allí, escondido entre sus páginas que son las calles de Praga, perseguido, acorralado, guiándonos, con la magia de la literatura, a través del corazón de la historia.

PALABRA POR PALABRA. Estupidez



Carmen Martín Gaite (1925-2000)
El diccionario de la RAE define estupidez como “torpeza notable en comprender las cosas”. Hay que reconocer que así tomada, la estupidez es ambigua y parece condenar al género humano en su conjunto. Quién más, quién menos, todos nos hemos sentido alguna vez notablemente torpes para comprender ciertas cosas de la vida, también para comprendernos a nosotros mismos, ¿acaso hay mayor misterio que uno mismo? ¿Es la nuestra una estupidez congénita? Supongo que no hay más que echar un vistazo ahí afuera para confirmarlo. El más vago y somero resumen de prensa de nuestra estúpida actualidad daría cuenta de esa torpeza, de la magnitud de nuestra ignorancia, del oscurantismo que tan bien ejemplifican algunos de nuestros representantes políticos. La gran Carmen Martín Gaite escribió un lúcido libro, como todos los suyos, titulado Lo raro es vivir. Es un título inquietante y certero del que me acuerdo a menudo y suelo repetirme mentalmente en esos momentos en que la realidad se obceca en mostrarse paradójica, ajena, inverosímil. “Es que todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga…” También es raro, y podemos comprobarlo con solo leer un poco en los libros de historia, que, como especie, hayamos conseguido llegar hasta aquí; quiero decir, que no solo hemos logrado no extinguirnos, sino que, además, hemos alcanzado cierto grado de civilización; en algunos países incluso se respetan unos nobles ideales de igualdad, libertad y justicia, ¿fraternidad? Pero, ¿seremos capaces de sobrevivir indefinidamente a tanta estupidez? En las películas apocalípticas es habitual que los protagonistas echen mano de la hemeroteca para tratar de comprender lo que les ha ocurrido, porque en el día a día es difícil percatarse del rumbo que van tomando los acontecimientos. Mucho más tarde, el héroe solitario lee los recortes de prensa de ese pasado extinguido y no puede creer no haberlo advertido antes. Todo estaba ahí, los titulares como un oráculo de la devastación: “La banca llegó a colocar sus preferentes a clientes analfabetos”; “PP y CIU dejan abierta la puerta al copago”; “La crisis dispara las diferencias entre ricos y pobres”; “Nuevo recorte de 10.000 millones de euros en Sanidad y Educación”. Y para colmo: “Madrid y Barcelona se lo juegan todo a Eurovegas”. ¡Qué estupidez la mía! No comprendo nada.

PALABRA POR PALABRA. El santo bebedor



Joseph Roth (1894-1939)
Como es habitual en estas santas fechas, por supuesto eximidas de acogerse a los profanos lunes festivos del nuevo calendario laboral, el país entero retrocede en el tiempo, con más pena que gloria, convirtiendo las calles de pueblos y ciudades, bajo el beneplácito y las subvenciones estatales, en el escenario de una performance colectiva y delirante que representa la España más triste, oscura y fanática que cabe imaginar. Todo un país haciendo flashback, a la manera de Amanece que no es poco pero sin la inteligencia de José Luis Cuerda.
Para quienes soñamos, sin esperanza, con un Estado verdaderamente laico, donde los asuntos religiosos pertenezcan al ámbito privado y no al público, y donde la libertad religiosa de unos no subyugue o limite la libertad impía de otros, estas fiestas siempre deprimen un poco, cuando no indignan o exasperan ante tal profusión de hábitos, capirotes e incensarios en esa impúdica exhibición de dolor y muerte.
Tal como están las cosas, a muchos ni siquiera nos queda la posibilidad de la huida. Aprovechar las fiestas para perdernos en algún paraje remoto a salvo del eco de salmodias y letanías, del relámpago de los flagelos. Por suerte, los libros también son una vía de escape. Y qué mejor lectura, en estas circunstancias, que La leyenda del Santo Bebedor, la breve y póstuma novela de Joseph Roth que narra la historia de Andreas Kartak, un hombre que vive bajo los puentes del Sena, olvidado de sí mismo y de su pasado, y que una noche, por la gracia de un piadoso desconocido, se encuentra en posesión de doscientos francos. Pero Andreas es hombre de honor y no puede aceptar ese dinero sin comprometerse a devolverlo, por lo que el desconocido le sugiere que, cuando pueda zanjar la deuda, vaya a una iglesia de París y haga una donación en favor de santa Teresita de Lisieux. De este modo, nuestro héroe se embarcará en una errática aventura por las calles de París, una auténtica procesión alcohólica que, al galope de la absenta, le deparará toda suerte de encuentros y visiones, «el milagro del vino», según Carlos Barral. Manifestaciones de un más acá truncado que, sin disuadirlo de su ya único objetivo en la vida (devolver el dinero a la santa), parecerán desviarlo una y otra vez de su camino; colmando, al mismo tiempo, sus días de cierta luz perdida. «Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido» Joseph Roth.

PALABRA POR PALABRA. La noche, Lisboa... Tabucchi



Antonio Tabucchi (1943-2012)
Con el tiempo uno se va olvidando de los argumentos de los libros que ha leído. Los nombres de los personajes se van borrando del mismo modo que se desvanecen los paisajes de ese universo de ficción construido con la física de las palabras y la mística de la voz narradora. A menudo, a algunos desmemoriados se nos confunden y escapan los títulos de algunas novelas que nos gustaron mucho. Y también puede ocurrirnos lo contrario, que de esas páginas con las que tanto disfrutamos, pasado el tiempo, sólo seamos capaces de vislumbrar el título que las encabezaba, parpadeante como un letrero luminoso en la oscuridad de la calle, insinuante, sí, pero poco esclarecedor. Con el tiempo (con la excepción, quizá, de unas cuantas  novelas violentas, que nos golpearon y sacudieron como pocas y llevamos pegadas a la piel y no se olvidan), incluso con los escritores que más nos gustan, ocurre que muchos de sus relatos se nos acaban mezclando y hay historias que se pierden y, por supuesto, frases, párrafos, páginas, capítulos enteros que desaparecen para siempre… miento, siguen ahí, a la espera de que decidamos volver sobre ellos; lo que muchas veces resulta incluso más enriquecedor y sorprendente que nuestra primera lectura.
No obstante, de tantas novelas como hemos leído permanece algo mucho más importante que los vericuetos de sus argumentos, algo que tiene que ver con nuestra propia experiencia, con nuestro aprendizaje de la vida; cierta forma que tenemos de mirar el mundo que nos rodea, de pensarlo y abordarlo, de ser lo que somos. Los libros de Antonio Tabucchi, fallecido el pasado domingo, forman parte de mi memoria literaria y vital. En mis años de estudiante me acompañaron en mis viajes y alimentaron las horas de insomnio con Sueños de sueños y otros desasosiegos; también Pessoa se volvió más íntimo, más cercano gracias a Tabucchi. Portugal, noches calurosas de verano, la valentía última de Pereira, la lúcida sencillez de un narrador perspicaz y bondadoso, capaz de mostrarnos las zonas más oscuras de la realidad desde la belleza poética de sus ficciones. Seguro que he olvidado muchas de sus historias, que confundo algunos de sus textos y se me escapan varios títulos, pero el nombre de Antonio Tabucchi nunca dejará de evocarme los versos de un poema inaprensible, lleno de palabras como mar, verano, viajes, la noche, Lisboa… Literatura.

PALABRA POR PALABRA. Enamorados sin Romeo



Félix Romeo (1968-2011)
Noche de los enamorados es el libro póstumo de Félix Romeo. Parece ser que Romeo lo terminó y se lo entregó a su agente o a su editor pocos días antes de morir de un fulminante paro cardíaco el día 7 de octubre de 2011. Tenía 43 años. Noche de los enamorados (Mondadori 2012) es una novela de no ficción, que diría Truman Capote, de autoficción, como suele decirse ahora. Y es que hay escritores que tienen de sobra con la realidad para construir sus entramados literarios; la vida reinterpretada bajo el prisma de sus pulsiones y sus incertidumbres. Éste es un libro hipnótico, por su prosa, repetitiva, a la manera de Bernhard (sin su egocentrismo), también concisa y descarnada (Carver); y por tantas cuestiones como plantea y todos los interrogantes que deja a la deriva, cuestiones que de puro intimismo son universales, que de generosa universalidad nos tocan de cerca y forman parte de lo cotidiano. Es un libro bello porque quiere dar voz a quien ya no la tiene y refleja la sordidez de la violencia y de la muerte violenta, el anonimato y la indefensión de las víctimas ante la percepción mediática y judicial de unos hechos inalterables. Es un libro que destila literatura y sigue la marcada estela de Amarillo (Plot 2008), su obra anterior, ese fabuloso fresco literario sobre su amigo, el crítico y escritor Chusé Izuel, quien en la madrugada del 27 de febrero de 1992 se suicidó saltando desde el balcón del piso que ambos compartían en Barcelona. Amarillo es la memoria de una juventud (la de Romeo y sus amigos) emborrachada de literatura, Noche de los enamorados es la crónica reconstruida de una historia que el propio escritor escuchó de boca de su protagonista en la celda de la prisión de Torrero, en Zaragoza, donde Romeo cumplió un año y medio de condena por insumisión entre 1995 y 1996, la historia de un hombre que mató a su mujer. Y les aseguro que con esto no desvelo nada de esta dosis concentrada de gran literatura que es el último libro de Romeo, donde la verdadera trama está en sus palabras, las suyas y las que recupera de otros. Noche de los enamorados viene acompañado de otro libro: ¡Viva Félix Romeo!, donde se recogen algunos textos de escritores y amigos que recuerdan su vida y maldicen su muerte, porque, según apuntan quienes lo conocieron, su bonhomía y su arrolladora personalidad dejan un hueco tan grande como su literatura.

PALABRA POR PALABRA. Poderoso caballero



Nunca habíamos vivido tan pendientes de los asuntos financieros. Hace algún tiempo, el grueso de las páginas de color salmón que ennoblece el volumen de los periódicos dominicales solía constituir el primer paso del despiece natural del cuerpo de la noticia. Esas páginas económicas (permítanme dramatizar) acababan a menudo intactas y listas para su reciclaje, en el mejor de los casos, o envolviendo grasientos bocadillos y otras viandas, condenadas, finalmente, a un confuso revoloteo sobre las aceras sucias y melancólicas de los atardeceres de domingo. Sí, lo sé, me consta que todos teníamos un primo, un cuñado o una nuera de indómitas sensibilidades que sí parecían disfrutar con la lectura cifrada de aquella información contenida en diagramas y planos de coordenadas.
Por supuesto, esto no significaba que no viviéramos pendientes de los asuntos del dinero, lo que ocurría era que nuestras preocupaciones sobre este particular se ceñían a nuestra economía personal o familiar. Las cosas marchaban bien, o eso nos decían, y el dinero era eso que te prestaban los bancos y aquello otro que tanto visionario estaba dispuesto a pagar por un erial para transformarlo en la tierra prometida de un puñado de adosados, construidos en serie, y perfectamente alejados de cualquier rastro de civilización. ¡Qué tiempos aquéllos!
No creo que la crisis haya disparado ahora el número de lectores de esas páginas salmón. Sin embargo, hoy en día, la información económica constituye la esencia misma de la información general y política que nutre todas las páginas de los periódicos. El color no tiene ya la menor importancia. El dinero, la economía, se ha convertido en la única razón, en el fin de todo. Propongo que en la próxima jura de cargos, nuestros gobernantes realicen tan solemne acto no ante el crucifijo y la biblia, como inexplicablemente así vienen haciendo, sino ante un precioso ejemplar de billete de 500 euros. Dentro del absurdo simbólico, éste último parece más acorde con los tiempos que corren. Y es que, como escribe Jordi Muixí en su artículo La extrema derecha económica (EL País 14-3-2012), muchos de nuestros políticos, “en nombre del crecimiento ilimitado, dieron su apoyo incondicional a la economía especulativa desprestigiando la propia política y olvidando qué tipo de sociedad y qué tipo de progreso estaban potenciando”. Es don Dinero.

PALABRA POR PALABRA. Cirugía lingüística


Biblioteca de la Real Academia Española, Madrid.
El pasado día 1 de marzo, todos los académicos asistentes al pleno de la Real Academia Española suscribieron un informe escrito por el filólogo Ignacio Bosque, titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer. El documento hace referencia a diferentes guías de lenguaje no sexista publicadas en nuestro país en los últimos años. Además de destacar la ausencia generalizada de lingüistas en la elaboración de estas guías, concluye que sus propuestas o recomendaciones en el uso del lenguaje, en muchos casos, “conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico” y que, en general, su argumentación “consiste en extraer una conclusión incorrecta de varias premisas verdaderas”. Es decir, que es verdad que “existe discriminación hacia la mujer en nuestra sociedad” o que “existen comportamientos verbales sexistas”. Sin embargo, se confunde el verdadero sexismo verbal: “Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres”, con expresiones que utilizan el masculino como genérico para abarcar ambos sexos: “los trabajadores de la empresa”. Y como ya sabrán, o se pueden imaginar, esto ha causado cierto revuelo mediático. Javier Marías lleva largo tiempo escribiendo encendidos artículos al respecto, llamando la atención de la incongruencia práctica de estas fórmulas de lenguaje no sexista, que nos llevarían a utilizar expresiones del tipo: "Los empleados y las empleadas madrileños y madrileñas están descontentos y descontentas por haber sido instados e instadas…” (Narices con poco olfato. El País 17-12-2006).
En mi opinión, la pretensión de modelar el uso común del lenguaje, a través de unas guías de estilo, hasta convertirlo en una aséptica máscara de corrección política, parece cosa de Un mundo feliz o 1984. Creo que, como suele ocurrir cuando se lleva al extremo esa corriente de lo “políticamente correcto”, este tipo de medidas, a menudo, solo sirven para lavar la cara, falsear la realidad (la verdadera desigualdad o la injusticia) y quedarnos contentos con la fachada, las apariencias. Se trata de una operación de cirugía estética del lenguaje (poco atractiva y nada literaria), vacía, sin contenido, porque la verdadera esencia para la igualdad entre hombres y mujeres es la educación, la cultura, fomentar, por ejemplo, una de las prácticas más saludables para el buen uso del lenguaje: la lectura.

PALABRA POR PALABRA. Literatura del retrato



Françoise Hardy y Salvador Dalí
Un día de verano de 1970, el niño que una vez fue Jordi Soler se quedó prendado para siempre de la inquietante belleza de Françoise Hardy, cantante y modelo francesa lo suficientemente yeyé como para competir en popularidad con la mismísima Brigitte Bardot. El niño había acompañado a su prima, que era periodista, a una suite del hotel Ritz, en Barcelona, donde iba a celebrarse un encuentro de lo más surrealista entre la famosa cantante y el ínclito Salvador Dalí. Esta historia, que es uno de los autorretratos que Soler incluye en un libro hecho de retratos de otros, es la que da título al conjunto de crónicas más literarias que periodísticas que conforman su Salvador Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé (Mondadori 2011). Una obra cuya grandeza reside precisamente en su apariencia de pequeño pasatiempo, de anecdótico repaso a relevantes personajes y momentos estelares de nuestra historia reciente. No obstante, como en la mejor literatura, el entretenimiento, que es mucho, viene engastado en una soberbia habilidad narrativa, en la capacidad de este magnífico escritor para relatarnos al oído las historias más reales o fantásticas desde la familiar subjetividad que enriquece todos sus textos y que es ya una marca de identidad. Desde Los rojos de ultramar, pasando por La fiesta del oso, hasta Diles que son cadáveres, Soler ha demostrado no solo su talento, también que posee eso tan ansiado por todo escritor (aunque, en mi opinión, se tiene o no se tiene; llámenlo suerte): una voz propia y original.
Los retratos de este libro van desde Al Capone hasta Hans Christian Andersen, y nos relatan algunas anécdotas maravillosas acerca de asuntos tan dispares como el impacto que causó en Leonard Cohen un pasajero encuentro con Janis Joplin en el Hotel Chelsea de Nueva York, y que sería el germen de su famosa canción, o cómo la casualidad quiso que la gimnasta Nadia Comaneci, después de años de duro sometimiento al régimen, acabara huyendo de Rumanía, a través de un bosque helado y en plena noche, solo unos días antes de que Ceausescu fuese derrocado. El libro lo completan tres autorretratos en los que Jordi Soler nos cuenta, por ejemplo, la peripecia que lo llevó a pasar una semana alojado en la casa museo de Oscar Wilde, en Dublín, ataviado con una de sus batas y durmiendo en la cama-reliquia del celebérrimo escritor. Un libro estupendo.

PALABRA POR PALABRA. Lecturas amables



David Lodge
Estas últimas semanas, en medio de estos tiempos confusos y desagradables que habitamos, he echado mano de dos libros que llevaban un par de años esperándome en mi biblioteca, algo abandonados ya, con ese aspecto familiar de los objetos que llevan mucho tiempo formando parte de la cotidianidad de nuestra casa y en los que no reparamos más que de pasada, para acabar posando siempre la mirada en otro punto, en otro libro más llamativo, más novedoso y siempre, por algún caprichoso motivo, más urgente. El primero de ellos es La vida en sordina (Anagrama 2010), de David Lodge. Del genial autor de obras como El mundo es un pañuelo o Terapia, uno esperaba encontrarse una historia hilarante construida en torno a los problemas de audición de su protagonista, un profesor universitario ya jubilado que nos cuenta el día a día de su vida retirada del mundo académico. Sin embargo Lodge, sin perder nunca ese pulso irónico característico de su narrativa, nos ofrece una novela profunda y lúcida, una visión a la vez amable y sincera de la última etapa de la vida, el declive de nuestras facultades físicas y mentales y el impacto que este hecho irremediable tiene en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos.
Antonio Tabucchi
El otro libro, del que todavía saboreo el gusto poético que deja la lectura de sus nueve historias, es El tiempo envejece deprisa (Anagrama 2010), de Antonio Tabucchi. Es difícil ser objetivo con un escritor al que se admira tanto. No se prodiga, y hacía mucho que no leía nada suyo, lo que me ha provocado una conmovedora nostalgia literaria difícil de explicar. Lo primero que sus relatos evocaron en la memoria que conservo de sus ficciones fue el calor. La abrasadora canícula de Réquiem, la sensación de verano que, en el recuerdo, me dejan todos sus libros, Nocturno hindú, Sostiene Pereira… los ambientes marítimos, la narrativa del tiempo. Tabucchi es un narrador sosegado, atento a los matices y a la composición de un texto dotado de una belleza extraordinaria, cuyo efecto en el lector es de absoluta gratitud ante la maestría con la que elabora complejas disquisiciones morales partiendo de los elementos más sencillos, historias íntimas que hacemos nuestras porque su humanismo trasciende las particularidades de cada relato.
Lodge y Tabucchi, dos lecturas amables entre todo este embrutecimiento político, social y económico. Un respiro.